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jueves, 27 de octubre de 2016

Coney Island, Baby

Quería ir a Coney Island. Quería ver, constatar, caminar el disco de Lou Reed. 

Coney Island queda lejos de todo, lejos, en una ciudad que se burla de las distancias con su compleja y aceitada red de subtes y de trenes que atraviesan la tierra y el aire. Coney Island no es un lugar turístico.  Allí no hay japoneses automatizando sus cámaras, ni mapas, ni gente mirando para arriba con desconcierto de rascacielos. En Coney Island no hay edificios altos, hay bloques parecidos a los que se ven en las películas que retratan a los guetos ingleses del No Future.

En Coney Island hay una playa. Unos kilómetros de arena dura y escasa, que bordea un océano helado, incluso en verano. Detrás, una pasarela de madera, y más allá, los juegos de un Tony Park de primer mundo, que se resiste a la llegada de la modernidad. Una modernidad que no es la de la filosofía, una modernidad que es para nosotros, que volamos desde acá abajo y no lo podemos creer. 

La montaña rusa de Coney Island es la más antigua de Estados Unidos. Sus rieles son de metal; su estructura, de madera. Se llama Cyclone. Hace ruido de tracción, y los gritos que se escuchan desde ahí no son de diversión, son alaridos de miedo y pánico. La fila es breve.

Frente a ella, un cartel a modo de marquesina con escasas luces anuncia el recorrido del Freak Show. En la puerta, el maestro de ceremonia, Virgilio de pavimentos y calesitas, invita a recorrer los misterios de la casa de abominaciones, mientras una señorita a la usanza Pin Up se gana su sueldo parada arriba de un banquito con ademanes de Bettie Page importada de un suburbio de monoblocs. 
Desde arriba de la rueda gigante se ve Coney Island, casi como la foto emblemática, en blanco y negro, cuando su esplendor la llenaba de trajes de baño y algodones de azúcar para calmar ansiedades fabricadas en el Empire State. 

A metros de las atracciones, Coney Island no puede disimular lo que fue, lo que es. Los inmigrantes latinos la miran como tierra de nadie y te advierten que tengas cuidado si vas, porque ahí, en ese lugar, podría pasarte algo. 

Lo que a mí me pasó fue subirme a la rueda gigante y a la montaña rusa y experimentar una mezcla de miedo y asombro inédita, caminar entre los contenedores periféricos, observar los esqueletos de juegos que alguna vez estuvieron prendidos, y que ahora eran fósiles, huesos de metal en un desierto de cemento y diversión austera. Me senté a mirar el océano y miré para atrás, y escuché los gritos y las canciones. Y pude ver a Lou Reed caminando por ahí, como un fantasma de los que no asustan. 

Aquel día, a la vuelta, tomé un tren de los que pasan por vías sostenidas en el aire y lastiman fachadas, haciendo vibrar paredes y escondites. Entre las casitas, el cielo cambiaba de color y desde lejos vi la puesta de la rueda gigante, que desaparecía entre las antenas de las azoteas. En mis auriculares sonaba Perfect Day, porque Coney Island Baby, no lo tenía. 


“Pero recuerda que la ciudad es un sitio extraño. Una especie de circo o cloaca. Y recuerda que la gente es distinta, y tiene gustos muy peculiares. Y la gloria del amor. Es la gloria del amor la que te sacará adelante. […] Ahora soy un chico de Coney Island”. 

sábado, 15 de octubre de 2016

El criterio de la eternidad

Siempre, de algún modo u otro le hago cosquillas a la conciencia pensando en el fin de las cosas. Como si fuera una materia que nunca vamos a poder poner debajo de un microscopio para tomar apuntes y documentar. El después del ropero de Bowie, en esa eternidad que me gusta intuir tras la mano que entorna la puerta. El fin, asociado siempre a un fundido a negro, sin sobreimpresos que lo anuncien, significante, como en una pantalla con The End.

En el medio, tomar conciencia de las averías, propias y ajenas, como una regla del juego que se revisa después de haber comenzado la partida, y se consensua sobre la marcha para no interrumpir lo ya empezado.

En el documental producido por Vórterix –extraña factoría de Pergolini empresario- el Indio Solari aparece como nunca lo vi. Es él, en primera persona; aparece por fin el personaje tantas veces narrado, esta vez con guiones al principio y al final de cada intervención. Arrellanado en un proyecto audiovisual autogestionado, que pretende fijar su imagen en el purgatorio de los mitos, el video documenta su lucidez y su recalcitrante retórica del yo. Ese es también Solari.

Detrás de unos lentes de dibujo animado de bondi a Finisterre, están esos ojos de enigmático parpadeo; aparece una dentadura casi siempre vedada, ahora sonriente incluso cuando habla de la enfermedad malvada que padece hace años y que, lejos de hacerlo temblar, lo freeza, lo atrofia. En el medio de la entrevista saca el pastillero de casa de salud: ese que es de un plástico transparente y que los ancianos o las personas a cargo suelen marcar con indelebles tintas. Toma doce pastillas por día, y en el medio de la entrevista se clava una con un whisky al que le agrega agua para que cumpla su función de agua: diluir.

El Indio Solari no perdió la lucidez, y eso me alivia, como cuando le dan de alta a un ser querido y lo ves acomodarse nuevamente en su engranaje cotidiano. La satisfacción convaleciente de la vuelta a casa, sin sábanas bordadas con la infame rúbrica de las mutualistas.

Una vez le pregunté a una poeta conocida con qué filósofo se hubiese encontrado para escuchar un estilo directo, menos sepia que las reproducciones de las historia, la poeta se molestó ante la pregunta y no quiso contestarla. Yo sé perfectamente a dónde iría en esa máquina del tiempo, y también sé que el Indio Solari es un sujeto al que vale la pena escuchar, te guste o no su música, sepas o no de qué se ríe el gordo Pierre.

El Indio tiene 67. Al último recital que dio en Tandil, motivo fundante del video, vino un pinta de Abbey Road con tufo a groso especialmente para comprobar en vivo y en directo, si aquellos sonidos e imágenes editados en el mítico estudio, eran verdad. La búsqueda inagotable. Según aclara en el testimonio, en Inglaterra no se ve algo tan genuino hace años.

El Indio habla de lo nefasto de la decrepitud que se le viene encima mientras asiento con la cabeza y le doy la razón a la pantalla deseando que no tenga tanta razón esa retórica engatusadora, tan Solari.

El Indio sabe que el futuro próximo es una yapa de la ciencia y la farmacia. Sigo pensando en el fundido a negro. Me acuerdo de Cerati y de su fin al que le robaron la dignidad de morirse de una. Después de los cincuenta todas las facturas del destino son al contado. El indio explica cómo ha mutado el criterio de eternidad y, aún con la conciencia de la decrepitud, quiere vivir lo más que pueda aunque haya pensado en “pegarse un corchazo” más de una vez. Ahora, en donde la palabra Sibarita huele a aceite, dice sin titubear que conoce más las calles de Nueva York que las de Buenos Aires, porque se sabe cautivo de una jauría a la que cada tanto hay que abrirle la reja: salen todos, menos él.

El Indio se emociona dos veces. Una, cuando habla del último disco de Bowie, y del video –Lazarus- que no nombra pero que en su silencio de nuez que mete un cambio en la garganta, se adivina que también se ve a sí mismo cerrando la puerta de un ropero ontológico desde el lado de adentro.
El año pasado leí Fuimos Reyes, un libro de esos que da pena terminar, que se ahorran los efectos y que hurgan las posibilidades narrativas para contar una prehistoria repleta de buñuelos y del arte en su estadio efervescente previo a los avatares de la empresa.

El documental también incluye palabras de los músicos, tomas aéreas de drones captando hormigas ricoteras por las calles de Tandil, y tres o cuatro canciones directo del recital que huele a último. Podemos cuestionar la figura en este momento más que cuestionable de Pergolini, o ponernos a discutir en qué isla depositará el Indio Solari sus ahorros. Este documental no vale por el concepto más que trillado de la misa ricotera, tampoco por los primeros planos de all star embarrados. Es un documental que documenta lo que nadie en 67 años: unas cuantas risas pillas a todo diente, declaraciones lúcidas de un tipo inteligente que por primera vez se deja entrevistar en un sillón con las piernas cruzadas. Siempre me va a gustar escucharlo hablar, aunque debo confesar que no pude darle chance a su último disco –y lo intenté-.

“La vida es decidir y pretender”; agregarle agua al Whisky para tomar la pastilla de la seis, en manos que no tiemblan, para reinventar el criterio de eternidad mientras quede algo para decir que aún conmueva.