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jueves, 19 de marzo de 2015

Dejé de fumar - Parte IV: el sonido y la furia

El día que apagué mi último cigarro hice un pacto secreto con mi suerte: me dijo que no estaba segura de acompañarme muchos años, y yo le pedí que no me abandone cuando empiece a creerle.

Crucé los dedos y miré hacia adelante, como un político perverso que contempla su slogan en la valla de una carretera, sabiendo que el daño es irreversible, mientras promete a los allegados la esperanza de una vida mejor.

Entonces comencé a esperar que sucedan esas cosas que deben sucederle a alguien que deja el hábito del cigarrillo y pretendí superar una estadística de enfermedades eventuales siempre asociadas a mis años de fumadora. A poco de cumplir un mes sin fumar, y teniendo serias dificultades para asimilar palabras como bacterias, virus, entre otras, consulté a ese profesional de la salud denominado (una broma macabra del dios de la fonética) otorrinolaringólogo . Le manifesté que estaba contenta porque había podido dejar de fumar y le comenté a la carrera que últimamente me estaba quedando afónica sin causa aparente.

“A ver, abrí grande la boca” Abrí. “Tenés un nódulo en la cuerda vocal izquierda”. NÓDULO. Por un instante y como un dibujito japonés pude ver a uno de mis ojos cristalizado y deforme reflejado en ese instrumento que los otorrinos se colocan alrededor de la cabeza ¿Un nódulo? pregunté luego de que la doctora despegara una gasa de mi lengua. Después de recibir el recetario y el “pase”, me fui de la consulta sabiendo que el siguiente escalón en la larga escalera de la desolación era acordar hora y fecha con un médico al que tendría que visitar cada semana para hacer ejercicios con la voz. Se llama Foniatra.

Las estadísticas del blog me revelan que cuando escribo sobre situaciones arquetípicas, es decir, aquellas que son una suerte de molde en el que cualquier fumador y ex fumador puede verse representado, las visitas suben considerablemente. Si bien es agradable que alguien lea del otro lado, y que alguien se sienta identificado (ya lo insinuó el grande de Aristóteles en su definición de tragedia) dejo constancia acá, por la mitad de la página, que si lo que el lector desea es leer su propia historia, no siga. Mejor invierta el tiempo (cada vez más preciado) leyendo literatura, filosofía o titulares de montevideo.com.

Dicho esto, el Casmu me proporciona cinco números a los que debía llamar para agendar una cita con el o la especialista de la voz y las cuerdas vocales. Una observación que extraje de mi estudio de campo: en este país hay pocos foniatras y muchos niños con problemas en el habla. Dos de los foniatras de mi lista solo atendían niños. “Ahh, ok”, dije con mi voz grave y con mi nódulo a cuestas, que no se ve, pero cada tanto me deja en offside con un silencio obligado que se perpetúa un rato. Me invitan a leer cuentos “en voz alta”. Digo que no, que estoy complicada. Me dio cosa decir algo como: tengo una mierda en la garganta que me silencia cuando quiere. Ok. Muchos niños con problemas en el habla. Me gustaría saber qué problemas, por qué.

Uno, dos, tres, probando


Como un gol en la hora, llamo al último número sin tachar de la lista. Le explico mi situación a la señora que me atiende y advierto en mi tono un ademán mitad lastimoso, mitad rabioso, mitad nomedigasqueno. Además, ya había pagado cuatro sesiones por adelantado, porque el Casmu te obliga a hacer esas cosas. Escucho pasar hojas de agenda a través del tubo del teléfono. “Bueno, los jueves a las seis ¿te sirve?” preguntó, no sin antes acotar que era su última hora. Incluso me sentí contenta, esa alegría marrón de caja de zapato como cuando llegás al Abitab y no hay diez tipos adelante en la fila. Después de un día entero de llamados y negativas, había logrado mi hora con “la especialista”. Luego reflexioné que el jueves es un día de mierda para tener una rutina después del laburo, pero traté de no autoflagelarme y me agarré a esa hora como a una balsa de piedra.

Toqué timbre. Una señora se desplaza lentamente por el hall del viejo edificio y me juna desde atrás del vidrio semi esmerilado mientras yo me hago la boluda y me saco el chicle de la boca y lo tiro hacia la salvajada de una baldosa céntrica. “Buenas, soy Carolina, hablamos ayer...¿el gol en la hora?” Se ríe. Se acordaba. Me abre la puerta del ascensor, paso primero (a la salida me avivé y la dejé pasar a ella).

El lugar no es un consultorio. Es un apartamento con vida propia, como cualquier apartamento. Hay muebles, cosas por todos lados, un repasador arriba de una silla. Sobre la mesa del comedor (en seguida intuí que ese sería nuestro lugar y no me equivoqué) hay de todo un poco y muchas agendas. Me invita a sentarme en la silla de los “sin voz”. Ella está seria. Sabe que yo no quiero estar ahí, pero me percibe voluntariosa. Nota mental: a los foniatras les gusta la voluntad. Me vuelve a preguntar si soy locutora. Le digo que no, pero me siento halagada. Hubo una época en que las voces de locutor garpaban mucho en el salón de clase y en las citas. Le explico que hablo mucho, que me gusta hacer gansadas (y utilizo el impune e inventado verbo “gansear”) con la voz como cantar La bestia pop en tono Shakira mientras trapeo el baño. 

Ella me mira, me escruta, me observa. Yo observo la escenografía. Atrás hay portarretratos de su familia. Ya los conozco a todos. Su hija tiene mi edad. Me va a entender. Tengo la sensación de que vencí su apatía. Me presta atención, no tanto a la forma (como yo esperaba) sino a lo que digo. Le conté que escribía. Hacemos un paréntesis y termino hablando de Escrito en la ventanilla, del blog, de escribir en Uruguay, de ir a laburar a la oficina y de olvidarse de los verdaderos oficios demasiadas horas al día. Me hace preguntas que nadie me hizo jamás. Nunca fui a terapia, pero debe ser algo parecido. Arrancar un chamullo personal en una habitación que no te es familiar, con una persona que es desconocida pero que, eventualmente, le pagás para que te ayude. No me pareció una chanta y de hecho, aprendí la diferencia entre tono, fuerza e intensidad, entre otras cosas. Le gustó que le dijera que a la próxima clase volvía con libreta. Ella es profe, luego me diría.

La sesión era de media hora y pasó una hora y media. Se terminó porque sonó un timbre inesperado. Agarré mi cartera y me desplacé hacia la puerta. Siempre me pregunté a qué artimaña recurren los psicólogos para indicar que tu hora terminó. En este caso no pude saberlo porque me di cuenta antes. Bajamos por el ascensor repasando el ejercicio que me mandó y algunos consejos. “Decile a tus amigos que no te visiten por teléfono”, me dijo antes de que abriera la puerta del ascensor y yo le dijera “adelante” en señal de respeto como a una gurú. Abajo, al lado del timbre, aguardaba una chica a la que probablemente le llevo diez años. Se aferró a su mochila y me miró tímidamente, porque a los pacientes no les gusta cruzarse. Tenía una mueca triste, de esas que se fabricaron un rato antes. 

Oscurecía. Volví a 18 de julio por una bocacalle finita. Allí estaban las luces, los bondis, el sonido y la furia. Ni bien llegué a la parada, hice el primer ejercicio.  

3 comentarios:

  1. Vamo arriba con todo! Me gustó pila tu post. Abrazo. Llevo casi 4 años sin fumar. Y sigo muy feliz!

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    1. Hola Carolina! Soy Loreley
      Buenísimo tu artículo, yo hace 17 años que lo dejé y cada día me felicito por ello.Seguí para adelante que se puede.
      Beso grande

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    2. Hola Carolina! Soy Loreley
      Buenísimo tu artículo, yo hace 17 años que lo dejé y cada día me felicito por ello.Seguí para adelante que se puede.
      Beso grande

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